Arrocería Dos Lunas Puerto de Valencia
Si existe un plato que define la intimidad del hogar valenciano y el respeto por el producto local, ese es, sin duda, el arroz al horno. A menudo eclipsado por la fama internacional de la paella, el arròs al forn representa la cara más auténtica y tradicional de la gastronomía de la Comunidad Valenciana.
¿Qué es lo que hace que esta preparación en cazuela de barro sea tan especial para los locales?
A diferencia de otros arroces que se cocinan al aire libre o sobre fuego directo, este plato nace del calor del horno y de una filosofía que hoy llamaríamos sostenible: la cocina de aprovechamiento. En las siguientes líneas, exploraremos su origen ligado a los antiguos hornos de pan, los ingredientes que le otorgan su potente sabor y los detalles técnicos que lo convierten en un análisis gastronómico fascinante para cualquier amante de la buena mesa.
Entender el arroz al horno requiere viajar a una época donde los hogares no siempre disponían de un horno propio en sus cocinas. Este plato no es solo una receta, es el testimonio de un pasado comunitario y de una economía doméstica inteligente que sabía transformar los excedentes en manjares.
Antiguamente, el arroz al horno era conocido popularmente como “arroz paseado” (arròs passejat). Este nombre tan descriptivo se debe a un ritual diario en los pueblos valencianos: las mujeres preparaban la cazuela de barro en sus casas con los ingredientes listos y la “paseaban” por las calles hasta llegar al horno de pan más cercano.
Dado que el horno de leña del panadero mantenía un calor residual constante después de cocer el pan, se aprovechaba esta energía para cocinar las cazuelas de los vecinos. El panadero cobraba una pequeña cantidad o una porción del arroz por el servicio, creando un vínculo social único alrededor de este plato.
El ADN de este plato es el cocido (o putxero valenciano). Históricamente, el arroz al horno se cocinaba el día después de haber preparado un gran cocido. El caldo sobrante, rico en colágeno y sabor, junto con los garbanzos, los restos de carne y los embutidos que no se habían consumido, formaban la base de esta nueva elaboración.
Con el tiempo, el plato evolucionó de ser una solución de “sobras” a tener una identidad propia y sofisticada. Hoy en día, aunque se puede preparar de forma independiente, sigue manteniendo esa jerarquía de ingredientes contundentes que hablan de la vida en el campo y de la autosuficiencia de la huerta valenciana.
El análisis sensorial del arroz al horno revela una complejidad estructural que lo diferencia radicalmente de los arroces melosos o de la paella clásica. Su configuración es un equilibrio entre proteínas animales, legumbres y la técnica del horneado.
A diferencia de otros platos que permiten variaciones estacionales, los componentes del arroz al horno son bastante icónicos y estables. Los pilares fundamentales son:
El uso de la cazuela de barro (conocida como gorgues) no es opcional. El barro es un material poroso que retiene el calor de manera uniforme y permite una evaporación lenta. A diferencia de la paella metálica, el barro mantiene la temperatura mucho tiempo después de sacar el plato del horno, lo que permite un reposo que termina de perfeccionar el punto del grano.
Un arroz al horno exitoso se reconoce por su superficie “socarrada” pero sin llegar a quemarse. La parte superior de los ingredientes debe presentar un tono dorado y crujiente, especialmente las rodajas de patata y la piel de las morcillas. Por dentro, el grano de arroz debe quedar totalmente suelto (eixut), impregnado por el colágeno del caldo pero seco al tacto.
Uno de los elementos más llamativos para el comensal que ve el plato por primera vez es la cabeza de ajos entera presidiendo la cazuela. Lejos de ser un simple adorno, su función es soltar una esencia sutil durante la cocción. Al finalizar, es tradición que la persona que reparte el arroz ofrezca los ajos asados a los comensales, ya que adquieren una textura cremosa y un sabor dulce muy apreciado.